Escape: Un espíritu templado

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Albertico Lescay durante la presentación de su disco Escape. Fotografías Racso Morejón
Albertico Lescay durante la presentación de su disco Escape. Fotografías Racso Morejón

Cuando por fin se hizo silencio, en la salita del Museo Nacional de Bellas Artes, y la  oscuridad apenas dejaba traspasar discretos y blancos haces de luces, la  entropía se acumulaba en mí con cierta impaciencia por el primer disparo. El sonido de una trompeta en off se aproximaba con un halo de intimidad que no daba tregua a los presentes. Por momentos miré a uno y otro lado a mis espaldas. Albertico Lescay entraba entonces desde el fondo del escenario haciendo vibrar notas que zigzagueaban el sonido metálico de su instrumento.

Era adrenalina, éxtasis, alucinación. El jazz atravesado por un estado de ánimo (in)corpóreo y singularísimo. Era Albertico Lescay, no os asombréis de nada.

Con el influjo de sus ancestros y sus desvelos por viajar de la poesía a la música y también viceversa. Ya advertidos el público comparte el trance, ese estado de ánimo de quienes se descubren en latencia absoluta y complicidad mística con el músico, su estado de gracia, su templado espíritu de jazzista y su comunión absoluta con su ser.

Era su salida para ir presentando a los virtuosos músicos que lo acompañan en esta travesía en vuelo hacia la luz que es su disco Escape.

Uno se sustrae detrás del obturador, uno cree que se sustrae más bien, pero el  gemido de la trompeta no da tregua para los espasmos del alma.

La cascada de luces se sincroniza con la música y la sala cohabita con ángeles que fragmentan el tiempo y la rutina.

Eran los teclados, bajo, guitarra, tambores batá, saxofón, batería, trompetas, música electrónica, tres, hip hop, voces  y lamentos, delirios, gozos que estremecieron los cimientos de muchas sensaciones y dibujan la música que emana de Alberto Lescay & Formas.

Un instante añejo con la versión original de Mariposita de primavera nos deja el aliento en el hilo, suspendidos, de un suspiro que cobra temperatura con su versión a dúo con el tres de César Echevarría que dispone su alma a la voluntad de un público que lo (ad)mira absorto.

Traté de seleccionar un tema y casi me ahoga la desesperación por definir cuál… confieso que Invasión me sonó a himno al leer el programa, se trata de un santiaguero que como tal no renuncia a sus raíces y la conga que anunció entonces bajo ese título dejó una sala caliente. Un par de horas después, ya en casa y todavía la  tarareaba, a la manera de un habanero zurdo para la conga, claro…

Pero en el alma una ansia indescriptible por definir lo que había acabado de presenciar, aun cuando estaba advertido de antemano. No encontré mejor manera que asirme a la poesía. Creo que Albertico me diera una buena nota ahora.

Gonzalo Rojas definió el jazz para la poesía de esta manera:

Es el parto, lo abierto de lo sonoro, el resplandor
del movimiento, loco el círculo de los sentidos, lo súbito
de este aroma áspero a sangre de sacrificio: Roma
y África, la opulencia y el látigo, la fascinación
del ocio y el golpe amargo de los remos, el frenesí
y el infortunio de los imperios, vaticinio
o estertor: éste es el jazz…

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