Un guiño de canciones y amor para Silvio y Pablo

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Imagen tomada de http://www.cubadebate.cu
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La Plaza de San Francisco de Asís, en la Habana Vieja, no era muy diferente ayer a como puede caminarse cualquier tarde noche. Al acercarme por Mercaderes esperaba verla llena, y desde lejos frente al escenario improvisado solo unas pocas personas, otras dispersas en pequeños grupos, suficientes para haber desalojado a las palomas. Nada más.   Sobre la tarima inanimada descansaban en compás de espera pocos instrumentos y el inmenso piano de cola que aguardaba a José María Vitier.

José María Vitier a todas luces inspirado.
José María Vitier a todas luces inspirado.

Un lienzo anunciaba el homenaje a los 30 años de la expedición en canoa del Amazonas al Caribe (1987-2018): David Torrens, Kelvis Ochoa y José María Vitier cantan a Silvio y Pablo.

Tras el cañonazo ―minutos más o menos― comenzó el movimiento de los técnicos, que dieron paso en su trasiego a los rostros sonrientes de los tres músicos. A esa hora se habían sumado más personas, en la singular mezcla de generaciones que la mejor canción provoca en Cuba, esta vez sobre el escenario y también sobre los adoquines. La felicidad compartida entre esas canciones que no son de época alguna, porque ya son de todos.

Kelvis Ocha.
Kelvis Ocha.

Kelvis y David confesaron desde el principio  que no era un homenaje luctuoso a la obra acabada de los padres de la Nueva Trova, sino un guiño, un gesto de amor, a las grandes canciones que nos han legado y que siempre van con todos.

Los primeros temas llenaron cada rincón, con un Vitier a todas luces inspirado, feliz de volver sobre las canciones que alguna vez nos arregló para Silvio. Kelvis y David sintonizaban sus afanes, y de tema en tema calentaban sus ansias mientras entonaban antológicas como “Yolanda”, con la que abrieron la noche. La impecable selección de obras fue acompañada  por todos, más que un concierto formal, era una descarga entre amigos, con todo el sentimiento y el desenfado de las citas ―guitarra mediante―, en un parque, en el malecón o en la sala de la casa grande de un amigo trovadicto. Alternaban guitarra, piano, una de Pablo, dos de Silvio, vivían y sufrían cada texto/historia que ha acompañado a la mejor trova. “Réquiem”, “Para Vivir”, “Te conozco”, “El breve espacio en que no estás”, “Pequeña serenata diurna”, y “Ya se va”, fueron algunas entre todas las de lujo que nos regalaron.

David Torrens.
David Torrens.

Intentaron cerrar con “En mi calle”, discreta e inolvidable. Ninguna escapó del coro apasionado, y hasta nos cedieron en solitario algún que otro final.

El público se negaba a despedirse, entonces  confesaron que hasta ellos estaban fuera de programa.  Respirábamos la magia de compartir canciones que llevan desde siempre entre sus cuerdas y que nos regalaban entre la confianza y el desafío. “Yo no te pido que me bajes una estrella azul…” fue casi el final, donde todos más que un concierto, andábamos cerrando junio.

 

Kelvis y David sintonizaban sus afanes.
Kelvis y David sintonizaban sus afanes.

Una luna llena provocaba seguir, e invocaba en “En el claro de la luna”, pieza sublime de Silvio, que no fue cantada, pero por allí quedó vagando, discretamente. Muchas otras fueron aclamadas, sería interminable el cancionero de Silvio y Pablo con el que hemos crecido, amado y vivido los cubanos tantos años.

La singular mezcla de generaciones que la mejor canción provoca en Cuba

La singular mezcla de generaciones que la mejor canción provoca en Cuba

 

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