Made in Casa Cruces: animación independiente en Cuba

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Foto: Cortesía Casa Cruces

Antes de que eche a andar La Caravana, Casa Cruces es un cuarto con demasiada luz y personajes que ruedan por las mesas, caen al suelo, suben por las paredes, conformados por líneas hechas a plumón o a lápiz, con o sin piernas, a puro blanco y negro, con su magia, sus arcos, sus espadas, y notas que especifican qué partes de la cara o del cuerpo o de la ropa pueden mover o no; un paisaje épico, con algunas montañas a lo lejos hechas con las arrugas de una sábana, que salen medio plano por delante de un cielo oscurecido, con estrellas que eran manchas en el tronco de un árbol, de nubes de algodón, literalmente, y de un bosque de tela recortada…

Antes de que eche a andar La Caravana, Casa Cruces es un mundo artesanal.

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Foto: Cortesía Casa Cruces

Daniel Cruces, espejuelos, 34 años, desgarbado y pálido, es traductor de inglés. Rubén, su hermano, barba, coleta, short, 32 años, estudió en San Alejandro, y había rodado un par de videoclips de manera empírica, antes de que Daniel, que hasta el momento tampoco había escrito nada serio, se apareciera con el guion de La Caravana. A falta de alguna compañía que apostara por él, aquel guion derivó en la creación de Casa Cruces: su propio estudio, con dos computadoras y poco más, en el 2014.

El objetivo: hacer La Caravana. Y hacer crecer, con ella, un movimiento cubano de animación independiente.

Así que lo primero fue sentarse y definir los conceptos.

–Fue un proceso muy largo. Lo fuimos masticando poco a poco –dice Daniel. Con el guión, yo tenía una idea de algunos personajes, pero no estaban totalmente definidos, sobre todo en cuanto a visualidad.

“La falta de experiencia provocaba disputas en las que perdíamos mucho tiempo. Una vez estuvimos tres horas discutiendo cómo se descose una manga. Cosas que ahora uno se da cuenta de que no tienen sentido”.

–Otro conflicto era que yo quería hacer un largometraje y Daniel decía: no. Y tenía razón, porque nos hubiéramos enfrascado no sé cuántos años desarrollando un largo para que después nadie lo viera, o se quedara engavetado –dice Rubén.

“Las cosas empezaron a tomar forma a medida que fuimos creciendo”.

En el 2015, Víctor, diseñador escenográfico, asumió la dirección de arte y, según Daniel, “convirtió aquellos barcos que yo había pensado tradicionales en edificios flotantes, y preparó maquetas de madera que le dieron un giro a la idea primaria de animación”.

Luego dieron con Marlon, dibujante, que asumió, entre otras cosas, el diseño de utilería: cazuelas, lanzas, flechas…

Rubén se hizo cargo de la puesta en escena, la edición, el diseño de personajes. Daniel se ha concentrado en reescribir el guión más de diez veces, y en la producción. Ambos, lógicamente, asumieron la dirección general.

Liu Chen, animador del ICAIC, completó el equipo.

–Queríamos verter en el cortometraje todo lo que nos interesa de la ficción tradicional. Por eso hemos utilizado maquetas, y hemos creado texturas a partir de objetos reales, buscando que no quede un mundo plano. Los personajes, por ejemplo, son digitales, pero animados como marionetas. La técnica, en general, es mixta: animación 3D, simulando stop motion –dice Rubén.

Definidos los roles, todo el mundo comenzó a hacer de todo. Por necesidad. Eso, según Daniel, es “lo bueno y lo malo de que seamos un equipo pequeño”.

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El argumento: Un atamán fallece y otro toma el mando de la tribu: embarcaciones que flotan en la hierba. El atamán lanza una flecha mágica que deja una estela de luz en el cielo. La caravana persigue la estela porque ese es su destino. Nada más.

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–Yo veo el animado como una cuestión de libertad expresiva –dice Daniel. Si quieres trabajarlo a lápiz, da ciertos recursos; si quieres hacerlo en 3D, lo mismo. Cada técnica tiene sus propias libertades, y su belleza. Además, es factible: puedes poner a volar a tus héroes sin tener una grúa…

Cualquier película que requiera actores, sabemos, es demasiado costosa, y Casa Cruces funciona con el dinero que obtiene Daniel de las traducciones y con el que obtiene Rubén involucrándose en proyectos de animación que nunca salen bajo el sello Casa Cruces, excepto un videoclip que realizó para Bassic Divission, un DJ sueco, en el 2017 (hasta el momento, el único producto concreto firmado por el estudio).

Un año antes, habían liberado un teaser del cortometraje en YouTube que obtuvo algunos elogios, pero, según Daniel, no funcionó demasiado bien.

En el 2017, sin embargo, el proyecto de La Caravana obtuvo el fondo para cine que otorga anualmente la embajada noruega: 5 000 CUC. Eso les ha permitido contratar, por ejemplo, sonidistas, músicos, y otros colaboradores. Además, les estableció una pauta: el filme, que en estos momentos se encuentra en proceso de animación, debe estar acabado y con el logo de la embajada noruega en los créditos, antes de septiembre.

Así que les pregunto qué van a hacer con él y ellos responden que La Caravana es una plataforma: la manera de introducir Casa Cruces en el panorama de la animación.

–En Cuba, este es un mundo muy pequeño –dice Rubén. Los independientes somos muy pocos y al ICAIC solamente le interesa la animación para el público infantil, a pesar de que en algún momento, hicieron esa película genial, animada, para adultos, que se llama Vampiros en La Habana.

–Nos gustaría que el animado en nuestro país tuviera un nuevo rol, que vaya más allá de X- Distante, la Muestra Joven, el Festival Internacional del Nuevo Cine Lationamericano. Incluso, si es posible, nos gustaría insertarnos en importantes festivales internacionales, como el de Annecy, en Francia. Ese sería el techo –agrega Daniel.

“En todo caso, si eso no sucede, estrenaremos La Caravana en Casa, 20 hippies sentados en el suelo, y nos sentiremos igual de felices de haberle puesto un montón de paciencia y dedicación”.

Foto: Cortesía Casa Cruces

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