Gibara, dar es dar

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Fito Paez durante el concierto de clausura en el Festival Internacional de Cine de Gibara. Foto Danier Ernesto González
Fito Paez durante el concierto de clausura en el Festival Internacional de Cine de Gibara. Foto Danier Ernesto González

Sentado en un sofá del lobby del Hotel Ordoño, en Gibara, estaba intentando conectarme a Internet para leer algunas noticias de fútbol, luego de la vergüenza de Brasil frente a Bélgica. Estaba ansioso, y sudaba, y el dinero de la tarjeta se dilapidaba sin que pudiera ver apenas algún meme sobre Neymar. Entonces un tipo se sentó a mi lado en el sofá y abrió una laptop. No le presté atención y mantuve la mirada fija en mi teléfono. Después de un par de minutos, se me ocurrió mirar para la pantalla de quien estaba junto a mí, y descubrí que estaba en la misma situación. “Uff, pero qué pésima que está la conexión”, dijo él, con un acento raro. Lo miré. Era Fito Páez.

La anécdota no tiene como headline  “Las celebrities también tienen problemas de conexión”, o “Fito y yo en Gibara, los mejores momentos”. De hecho, clasifica vagamente como anécdota, y a casi nadie le interesaría escucharla, pero igual funciona como un ejemplo de lo que es Gibara durante el tiempo que sesiona su Festival de Cine. Más allá de que Fito se haya visto obligado a dar una cantidad de abrazos y besos exagerada durante esos días, lo más probable es que no haya sufrido el agasajo que normalmente sufre cuando camina por Buenos Aires.

Es Gibara un escenario raro, inaudito, en el que por una semana conviven grandes estrellas y artistas con los habitantes de un pueblo mágico, gente que normalmente se describiría como común, pero que están bien lejos de serlo. Ejemplo: uno va y pide el último en una barbería y descubre de pronto que a quien le están rasurando la barba es a Pancho Céspedes. Parecería como un momento inmejorable para entrevistar a Pancho, que el Pancho de Esta vida loca, desde la silla del barbero, respondería con desparpajo cada pregunta que uno le hiciera. Pero mientras se piensan las preguntas, uno se da cuenta de que el personaje susceptible de ser entrevistado, el personaje con una historia que contar es, en este caso, el barbero. Después de cobrarle 10 pesos por el trabajo y de que Pancho saludara a todos los presentes y se marchara, me susurra: “En La Habana le hubieran cobrado una millonada por esto”.

...uno va y pide el último en una barbería y descubre de pronto que a quien le están rasurando la barba es a Pancho Céspedes. Imagen cortesía del autor.
…uno va y pide el último en una barbería y descubre de pronto que a quien le están rasurando la barba es a Pancho Céspedes. Imagen cortesía del autor.

“1918-2018, y seguimos”, pone un cartel en la pared en la que hay, entre otras cosas, una foto del Che y una lista de los servicios que se brindan con precios congelados más o menos desde 1970. Cuatro generaciones de su familia han trabajado en esta barbería. Ese señor abre todos los días de 9:00 a.m. a 12 m y de 3:00 p.m. a 5:00 p.m. desde hace más de cuarenta años. Va a morir a menos de un kilómetro de donde nació. Esas vidas mínimas y esas ciudades mínimas se viven con una intensidad especial. Ese aire es el que tiene el Festival Internacional de Cine de Gibara, un aire puro y medio naif y poco consciente de lo que significa su existencia.

Este año, al poner a funcionar el pueblo y su gente con lo que traía de bueno la programación y lo que fue apareciendo por el camino, se produjeron varios hechos que dan fe del misticismo que envuelve al ambiente de Gibara. Ahí está, por loco que pueda parecer, ese momento del hermosísimo concierto de Osvaldo Montes en el que se proyectó contra una pared de la iglesia de Gibara la escena de El lado oscuro del corazón en la que los personajes transportan por toda la ciudad una escultura con forma de pene. O la exitosa presentación del aniversario 20 de Miedo y asco en Las Vegas, donde Benicio del Toro recomendó las novelas de Hunter S. Thompson, un autor que escasea en las librerías del pueblo. O ver a Eslinda Núñez caminando apaciblemente por una esquina del parque, mientras a pocos metros se proyectaba en formato de 16 mm la versión restaurada de Lucía.

Imagen tomada de: ficgibara.com
Imagen tomada de: ficgibara.com

A pocos metros de la plaza donde tomaban lugar los conciertos, se desarrollaba una típica feria carnavalesca, en la que se vendía desde minutas de pescado hasta flores plásticas fosforescentes. Allí la creciente población hipster habanera compró pistolas de agua y se hizo tatuajes old school con la imagen de una rosa que se desvanece en menos de 24 horas, intentando seguramente que el Festival se pareciera más a una película de Harmony Korine. Y no tan lejos, en un parque infantil, sonaban al ritmo de los carritos locos canciones mayormente de Chocolate y Yomil y El Dany.

Gibara funciona como una Cuba a pequeña escala. Una Cuba en la que están ocurriendo muchas cosas a la vez, y todo se mezcla y hay cosas buenas y malas. Y por ser pequeña, porque se le puede recorrer casi completa en menos de una hora, esta especie de “Cuba resumida” termina por golpearte con mayor contundencia. Uno llega viciado por una velocidad y un modo de ver las cosas propio de la ciudad, y choca de pronto contra una belleza básica, simple, que deconstruye las cosas y las lleva hasta su esencia.

Desde las once  y hasta bien entrada la madrugada transcurrían los conciertos, dentro de los que cabe destacar a un monumental Pancho Céspedes que mostró un dominio total de la escena y a un Cimafunk que es, ahora mismo, una de las mayores promesas de la música cubana. Y luego está Fito, que la última noche hizo volar Gibara con su piano, tocando temas de Charly García, Silvio y Pablo y varios de sus clásicos, como 11 y 6, Giros y Al lado del camino.

Imagen tomada de: ficgibara.com
Imagen tomada de: ficgibara.com

No todo fue perfecto en esos días. Gibara merece un mejor cine, con luces decentes y menos murciélagos. La calidad de la selección oficial fue superior a la de otros años, sin embargo, esto se vio empañado por problemas tecnológicos en las proyecciones, algo que debe cambiar si se quiere que el Festival alcance estándares superiores. Otra observación tiene que ver con el problema de las credenciales; es entendible que exista una diferencia para algunas actividades entre los acreditados y el público general que no lo está, pero valdría la pena cuestionarse la pertinencia de esto en otros casos. ¿Es necesaria, por ejemplo, la existencia de una valla que establezca una distinción a la hora de disfrutar del concierto?

Hay una especie de vacío ahora que se abandona la ciudad y la derruida carretera que en un inicio era la promesa de algo ansiado, ahora es solo una sucesión de asfalto que anuncia cada cierto tiempo que quedan menos kilómetros para llegar a Holguín, y luego a La Habana. Gibara vuelve a la tranquilidad por un tiempo, a su ritmo apacible de pueblo de pescadores, hasta que el año siguiente sus playas medio vacías se llenen de gente nueva con ganas de ver buen cine y respirar un aire diferente. En el camino de regreso recuerdo algo que dijo Fito la noche anterior: “En la cama, en el amor, en la vida, hay que darlo todo”. Y siendo golpeado por pequeñas ráfagas de belleza que se agrandan en la memoria según nos alejamos, uno se da cuenta de que Gibara, lo dio todo.

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