Series cubanas de televisión: winter is here

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La mayoría de las personas que describen el consumo audiovisual en Cuba, repiten dos ideas: que la televisión cubana adolece de calidad y de atracción, y que la población está absorbiendo producciones de mala calidad y de “valores ajenos” a nuestra sociedad e idiosincrasia. En el primer punto estoy de acuerdo, solo que se debe agregar la coletilla aclarando que en todas las TV extranjeras sobran los malos programas, y que no es justo comparar generalizando o contrastando con compañías millonarias. En cuanto al segundo punto, me abstendré de realizar juicios, estos no conducen a nada y la culpa no es de los audiovisuales ni de la población. El mercado y su maquinaria aplastante produce por igual, tanto títulos como espectadores banales. Es por esto que hablaré de tendencias más que de “problemas y consecuencias” del consumo de series en Cuba.

Técnicamente, toda producción televisiva que se emita de forma seriada puede llamarse serie. Sin embargo, en nuestro país la palabra designa un tipo específico de programa: dramatizados de cualquier género que no sean novelas o shows de televisión, más conocidos como realities.

De esta manera, el término se define más por lo que no es que por lo que es. Las novelas (culebrones o soup-operas) están orientadas generalmente a un público femenino –aunque en Cuba los hombres en la misma medida– con tramas cotidianas con las que se pueda sentir identificado. Si tradicionalmente las preferidas eran las brasileñas y las de producción nacional, en la actualidad la gente sigue mexicanas, argentinas, japonesas, colombianas, coreanas y hasta turcas, de las cuales las tres últimas son de altísima demanda.

En cambio, los reality shows suelen ser programas en vivo –lo que no los exime de ser dramatizados detrás de las cámaras– que van desde programas de participación y/o entrevistas hasta “simulaciones de jurados” como La Voz en el primer caso, y Caso Cerrado en el segundo.

En el ámbito cubano, los ejemplos más antiguos de series que mi mente millennial puede recordar son Día y Noche y las aventuras que ponían a las 7:30 p.m. Quizás por la falta de competencia necesaria para haber podido compararlas, unido a la nostalgia, las recuerdo con gran calidad, pues en aquellos años los niños seguíamos las segundas y los adultos los policiacos. En los 2000, las mencionadas aventuras fueron empeorando hasta desaparecer y los policiacos han ido cambiando de nombre, manteniendo la tónica y una calidad aceptable. Las excepciones siempre existen, pues ha habido dramatizados infantiles y juveniles con calidad de forma esporádica y alguna que otra serie para adultos. Pienso en títulos como La sombrilla amarilla, Enigma de un verano, Coco verde, Mucho ruido y De amores y esperanzas. La dirección, actuación, guión y “actualidad” de cada una de ellas, las hizo resaltar en un panorama televisivo muy pobre. El público al que iba dirigida las seguía casi con el mismo fervor que ahora profesan hacia la serie popular de turno.

Un ejemplo reciente de serie con gran popularidad es Zoológico, la cual gracias a los rumores sobre su prohibición alcanzó una gran difusión de mano en mano entre los habaneros primero, y muchos ya la habían visto antes de que finalmente se transmitiese por la TV. Mucho se ha hablado en los medios de ella y poco puedo agregar yo, porque el primer episodio y un rápido skimming a los demás me bastó para borrarla al instante.

Un pobre guión y unas pésimas actuaciones fue lo que me llevé del primer capítulo, aunque todo lo que lea en la prensa contradiga mi opinión. Este fenómeno contradictorio entre mis ojos y la prensa, me incita a concluir que cada vez se torna peor el panorama crítico audiovisual nacional.

Al contrario de lo que le celebran, que Zoológico sirva para instruir a los adolescentes sobre el mundo en que viven, no constituye un mérito extraordinario ni un demérito. El valor comunicacional o funcional de una obra de ficción ha sido históricamente resaltado en demasía por nuestros “políticos culturales”, lo que trae consigo deformaciones en el criterio de arte y un orden jerárquico esquematizado entre de los méritos artísticos de una obra. Así, a pesar de la poca calidad que me parece define a Zoológico, es vitoreada como nunca lo ha sido una teleclase del canal educativo.

Por otra parte, existe un caso especial que son las series dramatizadas de comedia, al estilo de las sitcoms americanas, como Jura decir la verdad, Deja que yo te cuente y la más popular de toda la programación actualmente: Vivir del cuento. Sin embargo, a diferencia de las extranjeras como Friends o The Big Bang Theory (ambas de consumo masivo entre los cubanos, al menos los jóvenes), las nacionales tienen una continuidad entre capítulos casi nula, y por ello las excluiré de la definición de “serie” que estoy empleando.

En cuanto a las vías de consumo, es evidente el paso del “pasivo” –ver lo que nos ponen en la TV o si no apagar el equipo–  al “activo” –yo escojo lo que veo. Con la masividad del alcance del paquete –del que tanto se ha hablado que con solo mencionarlo se siente repetitivo–, de los “copiadores” y “rellenadores de USB”, la mayoría puede sentirse libre de escoger lo que mejor le guste. El Paquete es nuestro Netflix.

Sin embargo, las series, tal como las he definido, no son tan demandadas como las novelas (latinoamericanas, coreanas o turcas) o los realities. “Fuera de determinados títulos como Game of thrones, Vikings o The Walking Dead –me cuenta el “copiador” de mi cuadra– la gente casi nunca me pide series americanas, que son casi las únicas que me entran. Y casi siempre los que lo hacen son gente como tú, jóvenes que estudian y les dicen de una serie y vienen y la copian completa, por temporadas. Los adolescentes sí siguen series como Teen Wolf y The Vampire Diaries, más que películas; cada vez piden menos películas. Lo otro que vienen buscando son los youtubers, se llevan horas de eso”.

Seguimos conversando y comienzo a preguntarme si sería más adecuado dividir los tipos de consumidores por nivel de escolaridad en vez de por rango etario como se hace tradicionalmente. Siempre habrá excepciones, pero la experiencia de mi “copiador” local es que entre una serie mala y un reality o novela mala, la gente siempre seguirá lo segundo. “Así pueden saltarse capítulos si no tienen tiempo para verlos y no se pierden nada”.

Entretenerse fácil y relajarse, más que seguir historias complicadas, o mejor dicho, con contenido sustancioso, pues en todas el argumento debe “complicarse” para atrapar, es lo que predomina. “Las series narco –me agrega el “copiador” al final, refiriéndose a las que tratan de los carteles y capos de la droga– también tienen su público, como La viuda negra, El Capo, La reina del sur, y El señor de los cielos. En este caso, aunque lo cito, estos títulos tienen más de telenovela que de serie.

Del conocimiento de primera mano que extraigo de la entrevista, paso a las estadísticas. En Google-trends, si registramos las búsquedas hechas desde Cuba en la categoría que nos da Google de “Arte y entretenimiento”, vemos que los primeros siete lugares están dominados por telenovelas y realities. La primera serie en el ranking es Strike back, una producción británico-estadounidense transmitida por HBO de acción y guerra. Game of thrones le sigue en otro escalón más adelante y poco después The Shannara Chronicles, serie de aventuras para adolescentes de la MTV, actualmente cancelada. Hasta los 25 primeros puestos, las otras dos que aparecen son Aida y The 100.

La poca accesibilidad de los cubanos a Internet me hace desconfiar de estos resultados, pues, por mi experiencia, excepto GoT y Aida –que junto con La que se avecina son series españolas de gran demanda– las demás poco o nada las había oído mencionar. A mis oídos llegan sugerencias a favor de Black Mirror, Stranger Things, Blindspot y conozco de primera mano que hay público seguidor de Westworld, Silicon Valley –cuyas próximas temporadas están próximas–, y The Young Pope, pero sin una encuesta masiva a la población pocos resultados definitorios pueden proporcionarse. Por mi parte, solo pongo mi mano en el fuego recomendado estas tres últimas.

La TV cubana brinda –de forma indirecta e imprecisa– los resultados referentes a los programas transmitidos por ella, pero saber qué copia la gente de los paquetes es difícil de precisar. Lo que sí está claro es que la homogenización de la época pre-digital ya no existe. Si en los países desarrollados las cadenas de televisión tradicionales pierden cada vez más terreno ante el Internet y otras propuestas como Netflix, en Cuba, la producción nacional no puede esperar ganarle la “guerra” al resto del mundo audiovisual que entra por el paquete. Si bien a este le falta variedad, sobre todo cinematografía que no sea americana, libera al cubano de la esclavitud de la televisión regular.

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