Rodrigo Hasbún: “La escritura es un arte de la persecución”

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Rodrigo Hasbún / Foto: Racso Morejón

Él es periodista graduado y ejercitado. Es escritor reconocido y recompensado. Es cuentero, cuentista o narrador por excelencia. Como diría Alberto Salcedo Ramos, otro más dispuesto a “echar el cuento”. Es doctor en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Cornell. Es, según la Revista Granta uno de “los mejores narradores jóvenes en español”. Es boliviano, nacido en Cochabamba, en 1981. Es un Bogotá 39. Acaba de ser miembro del jurado del Premio Casa de las Américas 2018 en el género de Cuento. Es Rodrigo Hasbún, “un pata suelta” del mundo.

Supe de una primera lectura que la vida pública del escritor no es precisamente lo que más pondera Hasbún.

Él se ríe entre resignado y nervioso.  Obviamente prefiere la soledad del escritor y no su vida pública. Pero está sentado frente a mí luego de horas de infructuosa búsqueda por todo el Hotel Jagua. No supe nunca si era yo el que me parapetaba detrás de esa circunstancia para entrevistarlo o fue él quien lo intentó detrás de un simpático pretexto para evadirme. Lo cierto fue que a la hora del almuerzo apareció como si nada, más bien nadie, lo estuviera localizando. Se dio por aludido entonces y tras un almuerzo frugal –es vegetariano– nos sentamos a conversar con un frío que calaba hasta mis preguntas.

¿Cómo se ve, quién es, a qué se dedica Rodrigo Hasbún?

Soy alguien que descubrió la  pasión por la literatura muy pronto, cuando tenía 16 ó 17 años  yo supe que eso es lo que más me gusta hacer. Necesito de la literatura como lector y como escritor.

Soy alguien que disfruta mucho de la literatura y me gustaría hacerlo por el resto de mi vida.  Es difícil, porque las condiciones materiales de un escritor nunca acompañan al proceso antiproductivo de la escritura. La escritura tiene otros tiempos, a menudo muy lentos y no es una actividad rentable. Ahí está la dificultad de la mayoría de los escritores latinoamericanos y es una dificulta que he enfrentado día a día. Por lo pronto he logrado que la literatura sea el centro alrededor del cual gira  mi vida.

Naces en Bolivia y fijas residencia… (no me deja concluir, infiero a un tipo pausadamente ansioso y de una intuición  sintomática, catatónicamente mesurado).

Mira, yo tengo los pies un poco ligeros. Me he estado moviendo en casi toda mi vida. Nací en Cochabamba, crecí entre Bolivia y Chile por algunos lazos familiares y luego, después de estudiar periodismo en mi ciudad natal, me fui a vivir un tiempo a Chile, viajé a España, y años después hice un doctorado en Estados Unidos, viví en Canadá, y ahora, por cuestiones personales, de nuevo estoy en Estados Unidos.

¿Qué ha significado para ti, como autor, como escritor, teniendo en cuenta la amplia trayectoria de cuentistas que tiene Latinoamérica, cargar de alguna manera con esa herencia y volcarte precisamente a la literatura, a la narrativa concretamente?

No lo vivo desde ningún punto de vista como una condena o como un peso. Al contrario, me satisface participar de esa fiesta que es la literatura latinoamericana, literatura riquísima donde destaca por lo demás el género del cuento, como uno de los más antiguos. Por ejemplo, esa trilogía casi sagrada que forman Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti y Jorge Luis Borges, y todos los que hay detrás de ellos.

Tienes una manera muy particular de concebir la distancia o el distanciamiento que se produce como fenómeno que implica a la literatura. Pero ¿cómo te involucras tú con la distancia como recurso, teniendo los pies ligeros como dices, a la hora de enfocar tus personajes, tu realidad, el entorno de la Bolivia  de estos momentos?

A a mí me ha pasado algo curioso, apenas empecé a irme lo primero que hice fue mirar hacia atrás, hacia lo que uno es y hacia lo que se quedó atrás. Yo creo que la distancia productiva y la memoria se revitalizan con el lenguaje, adquiere dimensiones mucho más matizadas, más precisas y por supuesto, ahora estamos en una época  donde es fácil  regresar, entonces yo no he perdido el lazo con mi país en ningún momento.

Estoy volviendo en la medida de lo posible a “la extranjería irremediable”. Es que yo concibo a los escritores como extranjeros donde quiera que estén. Es una tensión especial lo que tienen a su alrededor y esa tensión los distancia de aquello que tienen más cerca. Un escritor está viviendo pero al mismo tiempo está también pensando cómo escribiría sobre eso que está viviendo.  En esa predisposición surge la extranjería de la que hablas.

¿Cuáles son las preocupaciones tuyas que han ido mutando a lo largo de tu trayectoria como escritor? ¿De qué mutaciones en todo caso estaríamos hablando?

¿Qué mutaciones y qué permanencias, no?  Mira, siento que hay algo permanente que define tu trayecto como escritor y que estaban ahí desde siempre, desde el principio. A mí me interesan los espacios más chicos, me interesa la familia como laboratorio, me interesan las micro historias. Siento que tengo como escritor una lupa, más que un gran lente ocular, entonces le presto atención a lo mínimo, en lo mínimo siempre está inserto todo lo demás.  Es casi una estrategia de nadar a un país por medio de la historia de un momento histórico, por medio de una amistad, esa estrategia es la que mejor me funciona y la que mejor me ha funcionado siempre.

¿Qué te llama la atención a la hora de sentarte a escribir: el contexto, la realidad sobre la que tú quieres hablar,  la psicología del personaje, o la historia que está por contarse?

Bueno, todo eso va un poco junto de la mano. Pero lo que yo tengo más en mente es a mis personajes. Quiero entender qué están viviendo, qué están sintiendo, cómo se enfrentan a esos conflictos que van surgiendo en sus vidas y los percibo. Para mí la escritura es casi un arte de la persecución, estoy persiguiendo a estos seres imaginarios intentando entenderlos, y en ese proceso me hago preguntas más grandes como qué significa estar vivos, qué significa tener a la sobra de la puerta ahí rondándonos todo el tiempo y cómo funcionan los afectos, cómo mutan con el tiempo, cómo funcionan nuestras libertades, todas esas grandes preguntas que nos hacen tener a los personajes lo más cerca posible.

¿Qué autores cubanos forman parte de tus referencias, o de tu biblioteca? 

Me avergüenzo un poco de mí mismo porque conozco la literatura cubana menos de lo que debería, y parte del encanto para mí de este viaje es empaparme un poco de lo que sucede aquí y de llevarme la maleta llena de libros. Dejo las preferencias más evidentes: Lezama Lima, Severo Sarduy, Virgilio Piñera, Reinaldo Arenas. A la gente de mi generación la he leído menos, pero sí estoy muy movido a ponerme al día.

Lastimosamente no es tan fácil acceder a lo que sucede ahora mismo literariamente en Cuba fuera de Cuba. Nos llega más fácil lo que se ha publicado en el exterior. Pero estoy anotando todos los nombres que escucho, tengo buenos recomendadores. Tengo muchas ganas de leer a Daniel Díaz Mantilla, estuve hablando con él y me quedé intrigado.

Sientes una suerte de responsabilidad  o irreverencia  hacia la manera de tratar la literatura: ¿Por qué esa intención de ser irreverente, o irrespetuoso?

Yo sentía esa tendencia cuando estaba empezando a escribir y es que en Bolivia había una idea  muy reducida y muy específica de lo que debía ser un escritor boliviano, de lo que debía ser una novela boliviana y, por supuesto, los jóvenes son por naturaleza irreverentes y rebeldes y yo jugué un poco en mis primeros libros a cuestionar con la irreverencia, jugué a “esto es lo que deber ser un escritor boliviano”, y  a mí no me funcionaba esa idea y como muchos otros escritores de mi generación, la cuestioné por medio de mis  libros y de mis  búsquedas formales. Otra obligación del escritor boliviano en ese momento era mencionar como tus padres literarios a otros escritores bolivianos y yo había crecido y me había formado leyendo a autores de otras latitudes y me sentía muy cercano a ellos, sentía que estaba aprendiendo más leyéndolos a ellos que a los propios escritores bolivianos, y de ahí, de ese encuentro, es que surge esa irreverencia que mencionas.

Alguna vez dijiste “los escritores hemos de lidiar constantemente con lo no dicho y con lo sugerido” Por lo general uno suele ver este tipo de criterios en el ámbito de la poesía, aquello del poder de sugerencia que el autor le deja al texto y no tan así en la narrativa. ¿Qué hay en tu propia narrativa de lo que se dice y no se dice, de lo que se sugiere pero no se expresa textualmente?

A mí me abruman los escritores que quiere decirlo todo y tienen esa voluntad un poco verborragia y demasiado explícita. Siento que las palabras son una gran herramienta del escritor, obviamente, pero también lo son los silencios. Yo le doy tanta importancia al silencio como a las palabras.

Lo visible pero también lo invisible, la historia y lo que está debajo de la historia y todo esto está muy bien vinculado con el espacio del lector y con ofrecerle al lector la posibilidad de que se involucre y rellene los huecos y participe y construya junto a los escritores el relato. Los escritores que más admiro hacen eso. Me dan ese espacio, esa libertad para caminar del lado de ellos y juntos hacer lo mismo, y yo intento hacer lo mismo en mis escritos.

¿Te ha enamorado La Habana?

Sí, es una ciudad única, bellísima. Pero me cuesta separar su geografía urbana de esta otra geografía humana, para mí van un poco de la mano, en el sentido en que pienso en La Habana y pienso en los edificios, pero también pienso en la gente. Pienso en Cuba y pienso en los cubanos. Cuba para mí es una abstracción y los cubanos son mi manera de entender mejor esa abstracción.

¿Por qué es Cuba una abstracción?

Todos los países lo son. Para mí es difícil pensar en los países como algo concreto, sin construcciones imaginarias, y mi manera de llegar a ellos es a través de la gente. Es un poco lo que te decía antes con la escritura, de llegar a estas ciudades más grandes, más generales por medio de los personajes.

¿Sobre qué otras cosas escribieras de La Habana a la altura de este otro encuentro tuyo con la ciudad?

Mira, yo creo que este tercer viaje es más verdadero porque ya la ingenuidad del recién llegado se ha desvanecido un poco. Ese primer viaje a Cuba para un latinoamericano, y para  cualquier persona del mundo  es una incertidumbre y un misterio, y es muchas ideas que uno ha oído a lo largo de la vida, entonces venir acá es enfrentarse a una primera vez sin mediación, a estas cosas más concretas, estas experiencias directas, y entonces es un choque bastante tremendo estar en La Habana por primera vez después de haber oído tanto de La Habana estar ahí y experimentarla en carne propia, y también es una ciudad muy compleja, de muchos matices, y un recién llegado va a leerlos mal, es decir, se va a quedar siempre con lo más obvio, con lo más evidente y no con lo oculto.

Por eso es tan peligroso escribir sobre lugares que uno realmente uno no conoce. Es fácil caer en estereotipos de lo más obvio. Yo no me atrevería a escribir algo más largo o más complejo sobre la Habana sin quedarme más tiempo acá.

Luego de esta experiencia tuya en la literatura de ficción, la narrativa; ¿se perfila otra vez en ti el periodista en próximos intentos sobre la no ficción?

Yo estudié periodismo, me formé como periodista, hice periodismo cultural durante muchos años, pero no es lo mío. Yo siento que me muevo mejor con la ficción, y me cuesta mucho leer el presente de manera inmediata, que es algo que hacen los articulistas o los cronistas. Tengo otros tiempos más lentos y quizás dentro de muchos años finalmente logre descifrar un lugar que visité en el pasado, esta cosa de trabajar con tiempos justos, no me funciona bien.

Estás considerado uno de los Bogotá39-2007. ¿Cuánto te visualiza, cuánto te compromete el hecho de haber sido mirado con esa “gran lupa que resalta los nombres de algunos de los mejores escritores jóvenes de la región”?

No creo que me comprometa de ningún modo. Es algo que agradezco porque ayuda a que mi literatura llegue a más lectores. Mirado en esos términos eso va a ayudar a visualizar más mi trabajo y eso es lo que me importa, llegar a más lectores y que lo que hago  llegue a ellos cada vez más. No creo que haya que darle demasiada importancia a estas listas. Son mapas posibles pero son una guía refutable. Y algo que valoro de estas instancias institucionales que han surgido en los últimos 10 o 15 años en Latinoamérica es que han ayudado a que nos leamos más entre países. A veces como boliviano es muy difícil saber lo que está sucediendo literariamente en el Perú, en Paraguay, Colombia, en Cuba…, o sea, que hay un esfuerzo por que se conozcan estos libros  y se lleven una idea, todavía vaga, pero importante de lo que está sucediendo, lo que se está escribiendo y lo que se está leyendo en esos países.

¿Cuál es tu percepción de la literatura escrita por tu generación, cuáles serían los códigos o los cánones posibles de esta narrativa?

Es una pregunta dificilísima porque hay una gran diversidad de propuestas ahora mismo y de tendencias, me costaría  sistematizar todo lo que está sucediendo literariamente en un género  tan rico, y celebro esa diversidad y ese riesgo. Soy un lector ávido de la cuentística latinoamericana y hay muchos escritores jóvenes y cada uno de ellos tiene una propuesta muy distinta y cuesta ponerlos juntos en tendencias específicas.

Me gustan mucho los cuentos del argentino Federico Falco,  que trabaja con el imaginario  de la provincia, no de la gran ciudad, y ahí hay una tendencia de que la literatura latinoamericana después de décadas fascinada con las grandes urbes, ha vuelto a prestar atención al campo, puedo pensar en Carlos Yushimito, peruano, que trabaja mucho con la cuestión onírica que le da muchas vueltas a los sueños, y hay otra tendencia con la argentina Samanta Schweblin, que por cierto ganó un Casa de las Américas hace algún tiempo, y trabaja más de cerca con la tradición fantástica de Cortázar y Borges, y así podríamos seguir durante tanto rato, hay tantos cuentistas escribiendo estupendamente y cada uno de ellos inventando una manera de ver la literatura.

¿Apostarías por el Premio Casa de las Américas?

Sí. Me lo he estado preguntando leyendo los manuscritos. Me encantaría, no sé si sería muy bien visto mandar algo al concurso después de haber sido jurado, pero me encantaría.

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