Luces y sombras de ¿Por qué lloran mis amigas?

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Veinte años después, como si de Athos, Portos, Aramís y D’Artagnan se tratase, cuatro amigas deciden reunirse una vez más. Para saber cómo les va, y qué tan diferente es lo que les ha tocado vivir si se compara con el futuro soñando. Y como es lógico, o debería serlo, sentar a un grupo de amigas que tenían una buena relación en la adolescencia y llevan sin verse dos décadas, casi la misma cantidad de años que tenían la última vez, no puede terminar bien. Las personas cambian, o nunca fueron lo que creíamos. De esta forma, ¿Por qué lloran mis amigas? (2018) intenta dibujar la vida de las mujeres cubanas en el siglo XXI.

Como casi siempre, el cine nacional intenta sustituir al periodismo y denunciar problemas que todos conocen pero ningún vocero oficialista de la realidad nacional se atreve decir. Aquí no hay excepción; quizás lo más llamativo sea Carmen (Edith Massola), una madre que durante el período especial robó en su centro de trabajo para alimentar a sus hijos y terminó presa por 15 años. Carmen es la primera en enfrentarse al juicio del resto, sobre todo al de Gloria (Luisa María Jiménez), la más conservadora (o intolerante) a causa de una formación religiosa. A partir de ahí, cada una se sincera y cuenta los palos que les ha dado la vida, y cada vez que concluye una historia, la sensación de quiénes somos para juzgar a los demás por sus decisiones sale a flote. Tal vez este sea uno de los puntos más altos de ¿Por qué lloran mis amigas?

Con Yara (Yasmín Gómez), que defiende el modelo de gobierno cubano, la historia va un poco sobre la dificultad de llevar el matrimonio junto al trabajo, y una visión política que es criticada y puesta en duda en todo momento. Según un reportaje en el portal Cuba Cine, el personaje está inspirado en la directora. Sus conflictos no parecen de mucha importancia, sobre todo porque su esposo es bastante comprensivo. Con Irene (Amarilys Núñez), una mujer que ha reprimido su homosexualidad casi toda la vida, es parecido, sus problemas no se sienten tan terribles; pero esa es la idea, cada quien tiene sus demonios y debe luchar contra ellos.

Amarilys Núñez

El giro de tuerca, o si se prefiere, el antagonista, está en Gloria. Todo orbita alrededor de ella: los juicios carentes de sentido, las sobrerreacciones, el enfoque desfasado; y al parecer, el motivo de esto es la religión, un crucifijo en su cuello y las numerosas menciones a Dios nos lo dan a entender en todo momento. Un ataque gratuito a la fe y a la religión. Luisa María humaniza a una Gloria extremista y llena de prejuicios, y cualquier duda que podamos tener acerca de su lógica pasa a un segundo plano. No solo ella, Massola, Núñez y Gómez cumplen su cometido con creces al interpretar a cada una de las mujeres, lo hacen por el oficio que tienen, y gracias a ellas, y a un guion decente, la cinta es potable.

Es llamativa la obsesión con el cuadro Amigas de Sandra Dooley, una obra que refleja a cuatro mujeres en lo que parece un estado depresivo, rendidas ante la vida que les ha tocado. Ambas reflejan una hermandad entre las mujeres, pero el desasosiego de la pintura no parece estar relacionado con el mensaje de la película, que apunta más a un “permanecer juntas, comprendernos y apoyarnos en las adversidades”. Quizás esa sea la intención, contraponer el derrotismo de una al optimismo de la otra.

La decisión de emplear un reparto femenino es muy buena –cuando bien pudieron ser cuatro hombres sentados en una mesa con una botella de ron–; se abandona el chiste fácil, el humor por encima de la narrativa, los estereotipos machistas que infestan el cine cubano y se apuesta por una obra dramática y reflexiva alejada de las habituales comedias.

No obstante, el filme no termina bien parado a causa de la falta de experiencia de su directora. La lista de problemas es larga. El emplazamiento de la cámara, los cortes constantes –y con ello una ruptura de una posible fluidez narrativa–; los primeros planos de uno y otro personaje mientras dialogan –insoportable y anticinematográfico en una escena entre Yasmín Gómez y Patricio Wood– al punto de parecer una entrevista periodística; la inmovilidad de la cámara, incapaz de desplazarse mientras transcurre una escena; la fotografía, con luces y sombras que provocan vergüenza ajena –de nuevo, quién más lo sufre es Yasmín Gómez en un plano donde está sentada en un exterior y, al parecer, tiene un bombillo de cien watts de frente, iluminándole el rostro, con las consecuentes sombras.

Insisto, las cuatro actrices y la historia logran paliar algunos de estos problemas, pero el balance termina por ser negativo; es difícil quedarse con una parte cuando el cine debe ser una suma de elementos armónicos.

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