La villa de Lázaro, el cineasta queer, es rosa

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Lázaro / Foto: Cortesía del entrevistado

 

Lázaro y sus personajes aún batallan por sus derechos, contra los perjuicios, por contar sus historias y exponer su arte en los distintos parajes de la Cuba contemporánea.

El periodista devenido realizador queer  sabe que es difícil en el panorama artístico cubano. No obstante, no se rinde. Cuatro materiales similares en temática evidencian su afán por contar, mediante un incisivo lente, la realidad de las personas LGBTIQ de este archipiélago.

Lo conocí en la Universidad de La Habana, en la Facultad de Periodismo y en la beca. Lázaro vivía ahí, justo en el cuarto al lado del mío. Siempre autodefinido como un ser introvertido y “raro”. El muchacho que estudiaba Periodismo, pero que no quería ser periodista. Él quería ser realizador. Pero reflejar realidades, historias no contadas y escarbar en busca de conflictos, son cosas que tienen en común el periodista y el realizador. Y ese es hoy Lázaro González González, un joven cubano que no tiene miedo a decir.

Lazarito, como le digo, nació en una zona rural, cuatro kilómetros a las afueras de la ciudad de Pinar del Río. Muy lejos de todo lo que hoy es esencial para él.

“Es un lugar muy humilde, en el cual aún reside mi familia y al que le debo mucho de lo que soy. A pesar de ser un contexto poco favorable para el desarrollo cultural, allí descubrí la lectura y me sumergí precozmente en la literatura. Leyendo, mataba el aburrimiento y la soledad. Era muy introvertido en aquella época, un poco raro, supongo, pues mientras mis coetáneos andaban mataperreando, yo estaba ensimismado en el libro de turno. Y eso provoca que se mofen de ti, te hagan bullying o que digan que te vas a volver maricón”, dice.

Pero nada de eso le importó nunca. Estaba muy claro que correr detrás de una pelota le aburría sobremanera, así que fue creando su propia burbuja y haciéndose inmune a la intolerancia del medio, hasta que logró escapar a la Universidad de La Habana y encontrarse a sí mismo, por cursi que eso pueda sonar.

―¿Periodista o realizador?

―Estudiar Periodismo en la Universidad de La Habana fue un punto de giro esencial, incluso para darme cuenta de lo que no quería hacer. Al primer año de la carrera ya quería cambiarme para Filología, luego de mis primeras experiencias en los medios de comunicación durante las prácticas pre-profesionales. Por alguna razón, que aún no logro entender, me convencí de continuar.

Así empezó a hacer crítica de cine, que según él, fue su primer espacio de libertad dentro del estrecho corsés que permite la prensa oficial cubana y luego fue derivando progresivamente hacia la dirección de cine.

“Al chocar con la realidad de los medios, renegué del Periodismo hasta percatarme de que el problema no estaba en la profesión, sino en el contexto”, explica.

Haciendo cine, Lázaro sentía un poco más de libertad, aunque la censura también lo rondara por ahí todo el tiempo. Por suerte la facultad le dio la posibilidad de que escogiera cualquier medio expresivo para su graduación y así eligió un documental para cine como proyecto de tesis: Máscaras.

―¿Cómo llegaste a conformar un proyecto tan ambicioso como Máscaras?

Máscaras fue la continuación de Margot, un ejercicio de clase que hice un año antes de graduarme de Periodismo. Ambos se enfocaron en el arte del transformismo como parte de una cultura de resistencia queer dentro de Cuba. Y aunque antes había hecho otras obras que quiero mucho, es cierto que Máscaras opacó todo lo precedente.

Este documental tuvo buena acogida del público y los festivales, posibilitó sus primeros viajes fuera de Cuba y mucho más. Fue un proyecto al que dedicó más de un año por ser además su tesis de licenciatura a la que Lazarito califica de “superproducción de bajo presupuesto” porque se filmó en dos provincias con poco más de 800 CUC (por ganar la Beca de Creación El reino de este mundo, que otorga la Asociación Hermanos Saíz, AHS), que según dice es muy poco para un documental de más de media hora de metraje.

“Cuando hice Margot y Máscaras yo pasaba mucho tiempo yendo al teatro, particularmente a las obras de El Público donde tenía muchos amigos, y uno de los actores que allí trabajaba hacía transformismo y me llevó un día a ver un show. Realmente fue un espectáculo pésimo que en aquel momento me horrorizó, pero al mismo tiempo me dio curiosidad entender aquel mundo underground, denostado por muchos teatristas y, a la vez, históricamente perseguido por la homofobia institucionalizada en Cuba durante la época posrevolucionaria”, cuenta.

La idea de sensibilizar a la población con esa manifestación y de que era un trabajo como cualquier otro, fue la diana a la que apuntó Máscaras, con el apoyo de su amiga Marta María Ramírez, quien era la única persona que había investigado ese fenómeno en Cuba.

Entonces contrapuntó los puntos de vista de dos de las figuras que a su juicio eran cimeras en esa “expresión cultural” dentro de Cuba y en los dos espacios donde históricamente ha tenido más desarrollo: Santa Clara y La Habana.

“El caso de Santa Clara fue muy curioso porque después de castear a más de 12 transformistas locales, seleccionamos como coprotagónico al que ninguno de los otros mencionaba: Roxana Rojo. Para la mayoría él era más bien el anti-transformista porque difería completamente de los cánones hegemónicos de esa profesión. Y eso era exactamente lo que buscaba, para demostrar el carácter teatral de esos performances más allá de la orientación sexual de los performers”, comenta.

Lazarito siempre dice que conocer a Pedro Manuel González, la persona detrás de Roxana, ha sido uno de los mayores descubrimientos en su carrera. De hecho, se convirtió en la columna vertebral de su película Villa rosa, cuando sintió que con Máscaras no había sido suficiente.

―¿Tuviste algún tipo de ayuda o apoyo institucional?

―Los fondos los gané yo y los amigos que me han acompañado en cada proyecto. Eso fue lo más importante, aunque recibí bastante apoyo de la AHS en su momento. Del CENESEX no recibí ayuda alguna, supongo que mi manera de entender la cultura LGBTIQ cubana no coincide con sus directrices institucionales, mas yo siempre he puesto mi obra a disposición de esa institución cuando les ha hecho falta.

―Además de Máscaras has realizado otros proyectos con temáticas similares. ¿Cómo te defines dentro de la realización cinematográfica?

―Particularmente me interesa tratar el tema de las culturas de resistencia en mis documentales, sujetos al margen de diversas normas, y en particular, sujetos queer.

Si le pidieran definirse, dice que es un cineasta queer. Hasta ahora ese es el punto en común de casi todo lo que ha realizado, aunque ha trabajado otros temas, por supuesto. Pero le apasiona el tema de la memoria LGBTIQ cubana, revisitarlo sin demasiado rencor o victimizaciones, tratar de entender, posicionarse desde el ángulo de esos sujetos subalternos. Esa es la línea de trabajo que empezó con Margot, luego Máscaras, Villa rosa y ahora Sexilio. En todos también el tema de la libertad es recurrente.

―¿…y Villa Rosa?

Villa Rosa es un docuficción, hay mucho de utopía y construcción de lo que debería ser Cuba. Creo que es una obra menos directa que Máscaras, pero políticamente parcializada al igual que la anterior.

Cortesía del entrevistado

Lazarito dice esto porque la reciente está contada todo el tiempo desde el punto de vista queer, desde la mirada de los sujetos excluidos. Eso es lo que le interesa mostrar.

Algunas personas le han dicho que les gustaría ver testimonios de heterosexuales avalando esa sui generis aceptación a la diversidad del municipio villaclareño de Caibarién, donde acaece el filme, pero eso hubiera sido otra película y un discurso demasiado objetivo.

“Esta obra es la que mejor me define, aunque ya no quiero verla más, pero eso pasa habitualmente. Me parece superior a Máscaras, no solamente por ser mi primer largometraje y el proceso extremadamente divertido. Sentí por primera vez cómo la interacción de uno como realizador puede contribuir a un cambio social. Por ejemplo, que le hayan dado una casa a Adela, la delegada y protagonista, después del rodaje del documental. Quizá no fue una causa directa, pero conociendo mi país…

“Creo que una buena parte de la sociedad está preparada para este tipo de trabajos, de acuerdo con las reacciones que he podido apreciar en cada presentación. La sociedad está más preparada que la clase dirigente de mi país, por eso yo, que siempre me he considerado bastante apolítico, no podía cerrar Villa Rosa sin decir que lo primero que había que hacer, incluso para las libertades LGBTIQ, era cambiar la Constitución Cubana”.

Recientemente Villa Rosa representó a Cuba en la 17 edición del Barcelona International LGTIB Film Festival y a decir del realizador, caricaturista, teórico y crítico, Frank Padrón, la Villa nos ubica en Caibarién, humilde poblado de pescadores al norte del país, en el cual se organiza un carnaval acuático por parte de la activa comunidad gay residente allí, oportunidad que aprovechó el joven director, apoyado sobre el guión de Nelson Breijo, para investigar y revelar criterios y experiencias de muchos de esos lugareños acerca de su vida en el sitio, que según la trans Roxana Rojo, diva allí, se tiñe de rosa, color que, como se sabe, es símbolo internacional del homoerotismo.

Ahora Lázaro se enfrasca en Sexilio.  Una película en desarrollo que trata acerca de la memoria histórica de una minoría y al mismo tiempo mirada transversal a uno de los sucesos migratorios más grandes del siglo XX: el éxodo del Mariel.

Cortesía del entrevistado

Sus personajes sobrevivieron al estigma construido desde dos orillas en conflicto, a la desmemoria, al choque cultural y el dolor infinito del destierro. Cada historia de vida o imagen de archivo que conforma el relato audiovisual busca darle color a esos sujetos impersonalizados, sacados a la fuerza de su contexto natural por la intolerancia machista y política de una Revolución en la que no había sitio para los que pensaran diferente.

Como los sujetos sin rostro que dibujó Nidal Koteich para el cartel, esos cubanos sexiliados son víctimas de las omisiones de la Historia. Sus diversas experiencias en el exilio están llenas de la misma zozobra que transmite la pintura y sobre ellos se cierne como antagonista eterno la mano acusadora de la intolerancia.

Lazarito siempre ha soñado que sus obras se pasen algún día por la televisión para que puedan llegar a un público mayor; pero al parecer Máscaras o Villa… no pasan los filtros de la censura,  como es habitual que ocurra con las obras de la mayoría de los jóvenes realizadores, sobre todo aquellas que pueden ser un poco cuestionadoras.

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